Cuidemos al lobo


El conflicto del lobo está desquiciado. La crisis ganadera lo ha convertido en inocente responsable de todos los males. Un sambenito injusto frente a los auténticos problemas del sector como el encarecimiento de los piensos, la caída de precios o la competencia desleal de terceros países. Pero sin el apoyo de la gente del campo es imposible conservar la naturaleza.
Parecía un paso en la buena dirección el que la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (ASAJA) de Ávila recibiera el año pasado una subvención de 64.000 euros de la Fundación Biodiversidad (Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente) para su proyecto “La ganadería extensiva como pieza clave para la conservación del lobo”. Una experiencia piloto destinada a instalar pastores eléctricos y tener perros mastines como elementos disuasorios a los ataques de estos cánidos salvajes.
Cobrado el dinero, los mismos ganaderos promueven ahora mociones en todos los ayuntamientos para que se declare Ávila “zona libre de lobos”. Con la Diputación a la cabeza, 82 municipios, incluida la capital, la han aprobado ya, ajenos a que promulgar la erradicación de una especie protegida es, cuando menos, un delito de prevaricación. Como exigir una “zona libre de impuestos” o una “zona libre de multas”. Como pedir la eliminación de águilas imperiales, linces u osos.
Malos ejemplos. A su rebufo, Salamanca se apunta a la histeria exterminadora. Hace unas semanas se vio un lobo cerca de una carretera y rápidamente ASAJA (sí, la de la subvención) exigió su caza y captura. Quizá también exijan la exhibición pública del cadáver. Como escarmiento.